LA SEXUALIDAD Y LA BIBLIA

LA SEXUALIDAD Y LA BIBLIA

RODOLFO OLIVERA OBERMÖLLER

El tema de la sexualidad en la Biblia se puede separar en dos perspectivas de lectura, ambas necesarias para poder comprender los alcances de este término en los relatos evangélicos y en la Biblia como un todo. Así tenemos:

v El contexto socio-cultural y literario de las Sagradas Escrituras v El mensaje central de Jesús: el amor a Dios y al prójimo

Veremos a continuación cómo acercarnos al contexto de la sexualidad en la Biblia y cómo leerla desde una perspectiva holística.

 

EL CONTEXTO SOCIO-CULTURAL Y LITERARIO DE LAS SAGRADAS ESCRITURAS

Como cuestión previa, antes de discutir acerca de cuál es el método apropiado para interpretar la Biblia, o de los mensajes que ella contiene, debemos tener presente que no podemos comprender las Sagradas Escrituras como un texto que cae del cielo o como un dictado de Dios. La Biblia nace de la experiencia de fe de un pueblo que busca y necesita de Dios, con la inspiración del Espíritu Santo soplada en la vida misma de los creyentes, con sus virtudes y defectos. En una verdadera «HISTORIA DE SALVACIÓN», donde Dios y su pueblo son los personajes: un Dios que busca y se revela a su pueblo y un pueblo que busca y necesita a su Dios. Una historia que comienza con Abraham, que vivió su experiencia de liberación conducido por Moisés y que nos lleva hasta el inconmensurable amor expresado en Jesucristo y en nacimiento de la Iglesia cristiana con los Apóstoles.

 

La Biblia no se hizo de un día para otro, ni tampoco se hizo de una sola vez. No sabemos cuándo exactamente se comenzó a escribir. Debemos recordar que la Biblia, antes de ser escrita, fue narrada y celebrada en el caminar del pueblo, fue vivida por muchas generaciones. La primera intención al escribir la Biblia no era la de hacer un “libro de historia”, sino contar y transmitir la nueva forma de vivir la vida desde la fe en el único Dios que se había recibido desde la misma experiencia con Él. Esas experiencias son las que se contaban una y otra vez, de manera oral, durante incontables años, hasta que la necesidad llevó a ponerla por escrito en un período de más de 500 años.

Por otro lado, la Biblia fue escrita en idiomas antiguos, los cuales difieren en gran medida de nuestros lenguajes actuales. Palabras como “fornicación” y “homosexualidad” no existen como conceptos claros, sino como interpretaciones de los traductores e intérpretes de la Biblia. Exigirle a la Biblia que responda de manera clara a todas nuestras necesidades actuales, sería exigirle algo para lo cual no está destinada. La Biblia es la Palabra de Dios en cuanto contiene el mensaje de Salvación de Jesucristo para todos los creyentes; pero no es Palabra de Dios que maneja nuestras vidas como marionetas o esclavos de la misma.

Históricamente, se ha advertido la tendencia de utilizar sólo algunos textos de la Biblia –leídos en forma literal– para apoyar ideas o conceptos éticos que se consideran negativos o positivos. “Si Dios los dice” es más fácil buscar fundamentos para discriminar a quienes son distintos a nosotros, o los que se “salen de la norma”. Esto ni siquiera tiene que ver tanto con la homosexualidad sino con la sexualidad en sí misma, y con otros aspectos de la conducta humana en que se advierte una evolución o cambios hacia una mayor libertad. Se ha utilizado el texto bíblico para detener el progreso, para restringir libertades y sobre todo para segregar a los que “no son iguales”. Así, se la ha utilizado, por ejemplo, para suprimir la libertad de las mujeres, de las personas de color, de los niños, de separados y divorciados, de homosexuales, de la planificación familiar, de los métodos anticonceptivos, etc. Hoy está presente el tema de la homosexualidad, pero no podemos olvidar que hace unos pocos años atrás, se vivía con la misma fuerza la segregación hacia las mujeres embarazadas fuera del matrimonio o los divorciados.

Entonces nos preguntamos, ¿es la Biblia una regla moral o un mensaje de salvación? ¿Tengo menos fe o soy menos creyente en Dios porque tuve relaciones con quien hoy es mi esposa antes del matrimonio? ¿Soy un peor cristiano por amar a mi mujer antes del matrimonio y vivir ese amor desde la sexualidad? ¿Sería tan nefasta esa entrega de amor si no hubiésemos concretado el matrimonio? Al final nos enfrascamos en estas discusiones morales en vez de predicar que el amor es la esencia del mensaje evangélico y si hay quienes creen que ese amor se vive sólo dentro del matrimonio, pues que lo vivan así, pero no podemos continuar exigiendo a otros que sigan valores que son más propios que bíblicos. Ojalá usáramos ese mismo tiempo e ímpetu en enseñar más a perdonar, a exhortar, a anunciar el amor de Dios. Por otro lado, dudo que sea casual el hecho de que Jesús no se haya referido al matrimonio, ni al sexo como tal, sólo dos veces sobre el divorcio, en las Bienaventuranzas (Mt 5:31- 32) y en una discusión capciosa con los fariseos: “¿Es lícito al hombre divorciarse de su mujer por cualquier motivo?” (Mt 19:1-12). Es bastante claro que en ambas situaciones, Jesús busca proteger a las mujeres ante la indefensa legal y la autoridad de los hombres sobre ellas que presidía en aquella época. El Apóstol Pablo, en una línea similar, exhorta a los corintios hacia evitar el abandono sin sentido: “A los casados, en cambio, les ordeno -y esto no es mandamiento mío, sino del Señor- que la esposa no se separe de su marido. Si se separa, que no vuelva a casarse, o que se reconcilie con su esposo. Y que tampoco el marido abandone a su mujer” (1 Co 7:10- 11). Parecería que el Apóstol Pablo toma otro rumbo en su primera carta a los Corintios al considerar necesario que las mujeres usen velo (1 Co 11), estén en silencio y sujetas al hombre (1 Co 14). En este caso, si leemos la Biblia literalmente podremos creer que la “Palabra de Dios” sostiene que las mujeres deben estar bajo sumisión de los hombres, pero eso sería una injusticia, ya que Jesús mismo las incluyó siempre en su ministerio y el Apóstol deja claro que él sigue “su” costumbre (lo que ha aprendido y cree correcto) y además que está molesto por las peleas que los corintios tienen en sus reuniones. Ante este escenario, recomienda que para evitar el conflicto, las mujeres deben guardar silencio. A las otras comunidades no escribe nada parecido, por lo cual se puede inferir que es un problema puntual, y en todo caso, esto no quita la visión poética del amor que posee Pablo: “La mujer no es dueña de su cuerpo, sino el marido; tampoco el marido es dueño de su cuerpo, sino la mujer” (1 Co 7:4).Claro está que si queremos justificar la discriminación y el machismo encontraremos decenas de mensajes así en la Biblia, pero de nosotros dependerá “sólo leer” o buscar “entender” en contexto.

Si vamos a tomar los textos bíblicos de manera literal, como Palabra de Dios “expirada”, sin contexto ni interpretación, entonces hay una centena de normas que no estamos tomando en cuenta. No podemos negar ni eliminar el hecho de que el Levítico 18:22 dice: “No te acostarás con un varón como si fuera una mujer: es una abominación”. Es una ley establecida en el Pueblo de Israel que tiene validez en el contexto del cual proviene este texto. Veamos los versículos anteriores: “El Señor dijo a Moisés: Habla a los israelitas en estos términos: Yo soy el Señor, su Dios. Ustedes no imitarán las costumbres de Egipto -ese país donde ustedes habitaron- ni tampoco las de Canaán -esa tierra adonde yo los haré entrar-. No seguirán sus preceptos, sino que cumplirán mis leyes y observarán mis preceptos, obrando en conformidad con ellos. Yo soy el Señor, su Dios”. Es la imitación a las costumbres de Egipto las que está prohibiendo Dios. El Apóstol Pablo hará el mismo pedido a los cristianos de Roma a que no sigan con las costumbres romanas que no colaboran con el mensaje evangélico, como lo establece en Romanos 1:26-32: “Por eso, Dios los entregó también a pasiones vergonzosas: sus mujeres cambiaron las relaciones naturales por otras contrarias a la naturaleza. Del mismo modo, los hombres, dejando la relación natural con la mujer, ardieron en deseos los unos por los otros, teniendo relaciones deshonestas entre ellos y recibiendo en sí mismos la retribución merecida por su extravío. Y como no se preocuparon por reconocer a Dios, Él los entregó a su mente depravada para que hicieran lo que no se debe. Están llenos de toda clase de injusticia, iniquidad, ambición y maldad; colmados de envidia, crímenes, peleas, engaños, depravación, difamaciones. Son detractores, enemigos de Dios, insolentes, arrogantes, vanidosos, hábiles para el mal, rebeldes con sus padres, insensatos, desleales, insensibles, despiadados. Y a pesar de que conocen el decreto de Dios, que declara dignos de muerte a los que hacen estas cosas, no sólo las practican, sino que también aprueban a los que las hacen”. Claro está que lo que le molesta al Apóstol es que ellos no se preocuparon de reconocer a Dios, lo cual atribuye a sus malas prácticas de fe que los llevan a las acciones que él repudia. En el mismo nivel de las relaciones homosexuales sitúa la rebeldía contra los padres, la arrogancia, la insensatez, la insensibilidad… Entonces me pregunto: ¿tenemos la misma fuerza para atacar a los insensatos o a los rebeldes que a los homosexuales? Volviendo al Antiguo Testamento y la abominación a que se refería el Levítico, vemos que el mismo concepto se utiliza para la idolatría en Deuteronomio 7:25: “Ustedes, por su parte, prendan fuego a las estatuas de sus dioses. Y no codicies la plata y el oro de que están recubiertas, ni te quedes con ellos, para no caer en una trampa. Porque eso es una abominación para el Señor, tu Dios”. Luego sostiene lo mismo con respecto al sacrificio de animales en Dt 17:1: “No sacrificarás al Señor, tu Dios, ningún animal del ganado mayor o menor que tenga un defecto o cualquier clase de imperfección, porque eso es una abominación para el Señor, tu Dios”. Ante esto me pregunto: ¿es para nosotros equivalente lo sexual a lo cúltico y celebrativo? Sin ir más allá, si pretendemos defender las leyes contextuales de la Biblia, interpretarlas de manera literal y aplicarlas a nuestra vida hoy, entonces deberíamos recordar algunas normas o leyes de la fe de Israel:

  • Podemos vender a nuestras hijas como esclavas tal y como menciona el Éxodo 21:7.
  • Podemos poseer esclavos, tanto varones como hembras, mientras sean adquiridos en naciones vecinas como aparece en Levítico 25:44. El Apóstol Pablo también se manifiesta a favor de la esclavitud en 1a Timoteo 6:1, como dice: “Que los esclavos consideren a sus dueños dignos de todo respeto, para que el nombre de Dios y su doctrina no sean objeto de blasfemia”.
  • El Éxodo 33:2 establece claramente que ha de recibir la pena de muerte quien trabaje un sábado.
  • En el Levítico 21:20, se establece que uno no puede acercarse al altar de Dios si tiene un defecto en la vista.
  • El Levítico 11:6-8 dice que tocar la piel de un cerdo muerto nos hace impuros.
  • El ver la desnudez del padre, madre y hermanos es una abominación según Levítico 18:6-17. 
Así, podemos seguir citando normas y leyes que bien poco tienen que ver con nuestro contexto actual y mucho con el de los israelitas que buscan su tierra prometida. Y aquí está el meollo del asunto, ¿por qué los literalistas interpretan o ignoran estos versículos, pero deciden no hacerlo para los que tienen que ver con la sexualidad? ¿Cuál es la razón de ello? ¿Acaso no es Palabra de Dios? ¿Acaso Jesús no dijo que no venía a cambiar ningún punto de la Ley? 
Lo mismo sucede cuando entramos en la problemática del matrimonio. Citar el texto de Génesis 2:24 como la institución del matrimonio es una interpretación, ya que la palabra matrimonio no aparece hasta mucho después: “Por eso el hombre deja a su padre y a su madre y se une a su mujer, y los dos llegan a ser una sola carne”. Eso es contextualizar, pero se usa para consolidar una idea predispuesta culturalmente –de que el matrimonio es sólo para un hombre y una mujer– y no como mensaje evangélico salvífico. Pues bien, aquí entramos a nuestro segundo punto. Ciertamente el espíritu de la unión en el amor es llegar a ser “una sola carne”, pero el texto parte de la premisa de una cultura preestablecida, por lo cual se puede interpretar sin problemas que se refiere al matrimonio. El problema está en que de esta interpretación, se obtiene que no se puede interpretar que los homosexuales se puedan casar en el mismo amor. He aquí la contradicción hermenéutica. 
EL MENSAJE CENTRAL DE JESÚS: EL AMOR A DIOS Y AL PRÓJIMO 
En segundo lugar, creemos que la Biblia contiene un mensaje central que está por sobre normas, leyes y textos separados, y que es la pauta hermenéutica o punto inicial de interpretación de todas las Sagradas Escrituras. Este mensaje es el que Cristo murió por nosotros para darnos vida eterna: “Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en Él no muera, sino que tenga Vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él” (Jn 3:16-17). Recordemos las palabras del Evangelio de Lucas 10:25-28: Y entonces, un doctor de la Ley se levantó y le preguntó para ponerlo a prueba: “Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la Vida eterna?”. Jesús le preguntó a su vez: “¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?”. Él le respondió: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu espíritu, y a tu prójimo como a ti mismo”. “Has respondido exactamente, le dijo Jesús; obra así y alcanzarás la vida”. No se puede poner al mismo nivel el mensaje de salvación que las perspectivas sexuales de los diferentes libros bíblicos. Esto no significa que hay que “actualizar” la Biblia a nuestro mundo actual, sino sólo contextualizarla en su mundo para aplicarla correctamente al nuestro, de otro modo, volveremos a las antiguas leyes hebreas, algo que estoy seguro, pocos literalistas consideran hacer. Entonces caemos en pensar que no interpretamos, pero es absolutamente imposible no hacerlo en el texto bíblico, y hasta el más fundamentalista interpreta. La contradicción está en que nuestra consciencia nos engaña haciéndonos creer que no interpretamos cuando en verdad no podemos dejar de hacerlo. Y aquí es cuando solemos interpretar aquello que ya consideremos “viejo” o “no necesario para la salvación” para dejarlo a un lado, y poner al frente lo que rescatamos como “moral aplicable y necesaria” de la Palabra de Dios al día y las personas de hoy.

 

Quienes interpretan de manera literal la Biblia escogen no utilizar para ello, los métodos científicos e históricos, pero al mismo tiempo, los utilizan para sostener esta forma de lectura. Por ejemplo, interpretan y usan los conocimientos sobre el contexto bíblico para referirse a que los Reyes de Oriente que visitan a Jesús sabían leer los astros, para decir que son astrónomos, magos o sólo sabios. Al mismo tiempo, al leer acerca de los ritos del pueblo de Israel, se explica con frecuencia, que responden al contexto de la época, y se les invalida como rituales propios para nuestro tiempo, especialmente el sacrificio de animales, el uso del velo, las vestimentas de los sacerdotes, el día santo, las comidas permitidas y las prohibidas, los ayunos obligatorios, los ritos de purificación esenciales en la vida de fe de los judíos, etc…

Entonces, ¿para los aspectos cúlticos y socio-culturales del pueblo de Israel utilizamos estos métodos y el contexto, pero para comprender la sexualidad no?

Ahora, ¿qué es lo esencial para la vida y fe del creyente? Jesús tiene la respuesta: “Ama al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu espíritu, y a tu prójimo como a ti mismo”. ¿Es menos válido vivir ese amor en la sexualidad dentro o fuera del matrimonio? ¿Acaso no es posible que un homosexual ame tanto como un heterosexual? ¿Eso le impide ser “cristiano”? ¿Es la condición sexual o la vida sexual responsable y en amor de una persona un cuestionamiento a su vida de fe? A nadie se le ocurriría decir que los casados son más cristianos que los no casados, entonces sí se puede encontrar respuesta a estas interrogantes desde la fe en Cristo, y no sólo desde la Ley judía, y recordemos que esto es precisamente ante lo que tanto lucha el Apóstol Pablo, para que prevalezca el Evangelio y la libertad, y no la Ley y el prejuicio.

 

Recordemos las palabras de Lutero: “Si Cristo y la Ley deben ser apartados, entonces tendríamos que dejar ir a la Ley y no a Cristo… Porque si tenemos a Cristo, podemos fácilmente establecer leyes y juzgaremos todo de manera correcta… Porque Él es la cabeza y guía de lo justo y de la vida, designado por Dios, a través y en quién vivimos y somos salvados” (TESIS CONCERNIENTES A LA FE Y LA LEY, 1535). En este contexto, la única ley que Cristo da es el mandamiento del amor. La comprensión de Lutero sobre el Evangelio como base de la justificación por la sola fe, influencia la forma en que se refiere a Cristo en el NT: Cristo y el Evangelio no demandan obras propias, sino sólo fe en Cristo mismo. De esta manera no es la obra lo que hace al cristiano, sino la fe, por ende, no es la sexualidad lo que determina nuestra salvación, sino la fe que tenemos en Cristo como salvador. La sexualidad no salva, sino Cristo, y Él viene a buscar a los enfermos y pecadores y no a los justos y sanos, y en este orden estamos todos en el mismo nivel: “Mientras Jesús estaba comiendo en la casa, acudieron muchos publicanos y pecadores, y se sentaron a comer con Él y sus discípulos. Al ver esto, los fariseos dijeron a los discípulos: “¿Por qué su Maestro come con publicanos y pecadores?” Jesús, que había oído, respondió: “No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos. Vayan y aprendan qué significa: Yo quiero misericordia y no sacrificios. Porque yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores”.” (Mt 5:10-13). Todos somos pecadores, todos estamos enfermos, ya sea hetero- como homosexuales, ya sea con sexo prematrimonial como en el matrimonio, porque lo que prevalece es el amor que hay en nuestros corazones y la búsqueda contínua de obrar en ese amor, gracias al amor que recibimos de Dios en Cristo Jesús. ¿Por qué buscamos sacrificarnos mutuamente por nuestras diferencias? Jesús nos pide misericordia, aceptación, que aceptemos su llamado como pecadores, sin crucificar a los que son diferentes a nosotros. En la sexualidad no está el pecado, el verdadero pecado reside en nuestra concepción cultural peyorativa de la sexualidad que no nos permite vivir esa sexualidad plenamente y sin coercitivas ataduras sociales que nos controlan y nos impiden ser sexualmente plenos, mediante el juicio y la culpa. Juzgamos a las personas por su vida u orientación sexual y no por su fe. Buscamos pecados en el sexo cuando en verdad el pecado está en nuestros corazones. Busquemos ahora la libertad en Cristo y quizás Dios nos haga libres de tantas ataduras humanas para vivir plenamente su amor entre nosotros, amor vivido desde la fe, con entrega, responsabilidad y empatía.

 

RODOLFO OLIVERA OBERMÖLLER

PASTOR
 IGLESIA LUTERANA EN VALPARAÍSO

Agosto, 2013

 

 

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