Los “4 Solos” de Lutero

La Iglesia Luterana es una Iglesia Cristiana, por lo cual su único fundador es Jesucristo. La Iglesia Luterana es también una Iglesia Protestante, esto significa que su primera y última razón de ser es el anuncio de la Buena Noticia de Jesucristo (= Evangelio) y que lucha o protesta contra toda discriminación, desigualdad y opresión en el mundo. La revelación de Dios en las Sagradas Escrituras ha permitido que la Iglesia Luterana resuma su confesión de fe en cuatro doctrinas fundamentales extraídas de la Biblia, conocidas como los “4 Solos” que dan una idea clara y concisa de la fe cristiana, según nuestra perspectiva desde la libertad en esa fe que recibimos de Dios.

 

1. Solo Cristo

El único fundamento de toda la Iglesia, de su fe y de la fe de cada uno de los cristianos es Cristo y solamente Cristo: «pues nadie puede poner otro fundamento que el que ya está puesto, que es Jesucristo» (1ª Corintios 3:11). Sólo en Cristo y por Cristo el ser humano puede conocer a Dios y recibir su salvación y Vida Eterna. Jesucristo es el fundamento porque gracias a Él, conocemos el infinito amor de Dios y su Palabra de vida. Como el Hijo de Dios, Jesucristo entrega su vida para morir por nosotros en la cruz y en ese acto, nos libera de la muerte y abre el camino a la resurrección y Vida Eterna. Con esto, sabemos que el único mediador entre Dios y nosotros es el mismo Dios en Jesucristo, por lo cual no se puede aceptar ningún tipo de mediación o mediador entre Dios y los seres humanos que no sea Cristo. Ya sea los Santos o la mismísima Virgen María, no podemos tomarlos como mediadores, ya que aunque se crea en ellos, ellos no tienen poder ni autoridad para “mediar” con Dios, sino sólo Dios mismo en su Hijo Jesucristo: «Hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los seres humanos: Jesucristo, el cual se dio a sí mismo en rescate por todos» (1ª Timoteo 2:5-6). Además, Lutero enseñó que la consciencia del individuo debe rendir cuentas sólo ante Dios y no ante seres humanos, por lo cual Jesucristo es el único intermediario entre Dios y el ser humano: «No se dejen esclavizar por nadie con la vacuidad de una engañosa filosofía, inspirada en tradiciones puramente humanas y en los elementos del mundo, y no en Cristo. Cristo, Cabeza, Salvador y Mediador» (Colosenses 2:8).

 

2. Solo Escritura

La única fuente de revelación son los Escritos Canónicos de las Sagradas Escrituras del Antiguo y Nuevo Testamento. Nos referimos a escritos canónicos como todos los escritos bíblicos que están dentro del Canon. Antiguamente se usaba la palabra griega kanoon para referirse a los libros separados por su autoridad reconocida. La palabra Canon quiere decir «lista», «norma» o «regla». Por eso, hasta hoy, se habla de libros canónicos para indicar el conjunto de libros y escritos que forman en AT y NT. Los libros canónicos son la Norma de Fe y de vida del pueblo de Dios; así lo son también para nosotros hoy, que somos parte del Pueblo de Dios, la Iglesia. Los llamados libros “deutero-canónicos” son aquellos que la iglesia canonizó (autorizó) después, y que están en las Biblias católico-romanas. Lutero los puso como apéndice en su traducción de su Biblia al alemán, señalando que son “provechosos para la lectura, pero no deben ser utilizados como norma de fe”.

El mensaje Bíblico constituye la única norma para la enseñanza y vida de la Iglesia, ya que creemos es testimonio original de Cristo: «Toda la Escritura está inspirada por Dios, y es útil para enseñar y para discutir, para corregir y para educar en la justicia, a fin de que cada hijo de Dios sea bueno y esté preparado para hacer siempre el bien» (2ª Timoteo 3:16-17). De aquí que los cristianos luteranos creemos en que no hay otro libro ni documento que sea revelación de Dios, inspirada por el Espíritu Santo, a parte de la Biblia. «Ninguna profecía ha sido anunciada por voluntad humana, sino que los hombres han hablado de parte de Dios, impulsados por el Espíritu Santo» (2ª Pedro 1:21).

Los escritos “luteranos” como la Confesión de Augsburgo, los escritos de Lutero y otros teólogos, no son Palabra de Dios, sino una interpretación de ésta, la cual se puede discutir, criticar o aceptar. «Jesús realizó muchos otros signos en presencia de sus discípulos, que no se encuentran relatados en este Libro [el Evangelio]. Pero éstos han sido escritos para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y creyendo, tengan Vida en su Nombre» (Juan 20:30-31).

 

3. Solo Fe

La fe es la única vía de unión entre Dios y el ser humano, por ende, la fe es lo único necesario para la salvación y Vida Eterna. La fe es la «certeza de lo que se espera y confianza de lo que no se ve» (Hebreos 11:1), es decir, la fe implica tanto creer en Dios, como confiar en Dios, entregarse a Él y vivir la vida en esa fe. La cita «el justo por la fe vivirá» (Romanos 1:17) será la que cambiaría la vida de Lutero y también del mundo, al entender que el justo (el bautizado) vive por su fe, y no por sus obras ni trabajo. Debemos recordar que en la época de Lutero se vivían tiempos totalmente distintos al actual, en donde la Iglesia “vendía” la entrada al cielo por dinero u obras de caridad. Dios mira nuestros corazones y luego nuestras manos. Con esto comprendemos que el pecado no consiste en una suma o acumulación de actos malos, sino en el estado en el cual se encuentra la humanidad toda, que tiene constantemente una mala actitud hacia Dios, y por lo tanto, también hacia el prójimo y hacia sí mismo. Todo ser humano nace en pecado y permanece hasta su muerte en esa condición, pero gracias a Cristo, Dios nos hace justos a través del Bautismo y la fe. Tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento sostienen esta realidad: «Porque yo reconozco mis faltas y mi pecado está siempre ante mí. Contra Ti Señor solo pequé e hice lo que es malo a tus ojos. Por eso, será justa tu sentencia y tu juicio será irreprochable; yo soy culpable desde que nací; pecador me concibió mi madre. Tú amas la sinceridad del corazón y me enseñas la sabiduría en mi interior» (Salmo 51:5-8). El mismo Apóstol Pablo sostiene que: «Es doctrina cierta y digna de fe que Jesucristo vino al mundo para salvar a los pecadores, y yo soy el peor de ellos. Si encontré misericordia, fue para que Jesucristo demostrara en mí toda su paciencia, poniéndome como ejemplo de los que van a creer en Él para alcanzar la Vida eterna» (1ª Timoteo 51:5-8).

Para vencer este pecado “esencial” del ser humano hace falta un cambio profundo de corazón y de actitud ante Dios y el prójimo, y ese cambio sólo puede venir gracias a la fe que nos es dada por Dios en nuestro Bautismo y la cual renovamos cada vez que confesamos nuestros pecados y recibimos el perdón de Dios, y que fortalecemos cuando compartimos la Santa Cena en Comunidad. Los cristianos luteranos rechazamos la idea de que el ser humano puede salvarse por medio de buenas obras, ya que las obras, para ser “buenas”, deben nacer de un corazón bueno y transformado, de un corazón con fe. Por eso decimos que “sólo la fe salva”, sobreentendiendo que desde la fe, Dios obra en nosotros buenas obras, ya que una fe sin obras no es fe, sino ilusión, autoengaño y mera imaginación: «¿De qué le sirve a uno alegar que tiene fe, si no tiene obras? ¿Acaso podrá salvarlo esa fe?» (Santiago 2:14).

La promesa de Vida Eterna, entonces, no depende del mérito o de la virtud de los seres humanos sino que es un regalo inmerecido que recibimos por gracia de Dios (= gratis). Todos los seres humanos somos pecadores y, nos guste o no, tendemos al mal y somos incapaces de contribuir a nuestra propia liberación. Los luteranos sostenemos que la fe, entendida como la confianza en el amor infinito de Dios, es la única forma que los seres humanos tenemos para responder al llamado de Dios para confiar en Él y entregarnos a Él. De esta forma la “salvación sólo por la fe” se convirtió en el característico –y polémico– estandarte del Protestantismo, ya que otras iglesias sostenían que esta doctrina no hace justicia a la responsabilidad cristiana de practicar buenas obras. Ante esto respondemos que la fe debe hallarse viva en el amor y que, si hay buenas obras, ellas deben originarse en la fe igual que un buen árbol produce buenos frutos. Sin fe no hay buenas obras, para que nadie se gloríe de sí mismo. Y todas las buenas obras son una consecuencia de la fe y del actuar de Dios en nuestras vidas, y no al revés: Dios hace buenas obras en nosotros para el mundo a través de la fe.

Así llegamos a un centro de nuestra fe: la libertad cristiana, que es la fe única que no nos convierte en ociosos o malhechores, sino en personas que no necesitan obra alguna para recibir la justificación y salvación de Dios. Por la fe, Cristo se apropia del pecado de los creyentes,  como si Él mismo hubiera cometido el pecado. Así los pecados son absorbidos por Cristo y mueren en Él en la cruz, limpiándonos de nuestras culpas, en virtud de nuestra fe liberada y dotada con la justicia eterna lograda por Jesucristo. Ya no hay condenación por los pecados una vez que éstos también son de Cristo, porque en Él han muerto para liberarnos a nosotros. Cristo, como Hijo de Dios, hace participar de este don a todos los cristianos, a fin de que por la fe todos sean sacerdotes con Cristo. La fe eleva al cristiano por encima de todas las cosas, de manera que se convierte en el soberano espiritual de las mismas, sin que ninguna pueda malograr su salvación. Antes al contrario, todo le queda supeditado y todo ha de servirle para su salvación. Esta es la hermosura del señorío y la libertad de los cristianos. Este honor lo recibe el cristiano sólo por la fe y no por las obras. La fe es la que da de todo en abundancia. Si fuéramos tan necios de pensar en ser justos, libres, salvos o cristianos en virtud de nuestras buenas obras, perderíamos la fe y con ella todo lo demás.

Aun cuando el cristiano esté ya interiormente justificado por la fe y en posesión de todo cuanto precisa, sigue viviendo en el mundo y ha de gobernar su propio cuerpo y de convivir con sus semejantes. Aquí comienzan las obras. El cristiano va al unísono con Dios, se goza y se alegra por Cristo, que tanto ha hecho por él, y su mayor y único placer es, su vez, servir a Dios con un amor desinteresado y voluntario. Desde aquí sostenemos que nuestra fe nos llama a vivir en libertad, desde la autoconsciencia de cada uno hacia la búsqueda de servir a Dios y al prójimo, como respuesta al amor de Dios, acto que realizamos libremente y no para “ganarnos” a Dios ni el cariño de nuestros prójimos. En esto consiste nuestra libertad cristiana, en que cada uno –y juntos en Comunidad– alabamos y servimos a Dios por amor, sin esperar nada a cambio, sólo por la fe y la necesidad de externalizar nuestro amor por Dios.

El cristiano vive no sólo en su cuerpo y para él mismo, sino también con y para las demás personas. Esta es la razón por la cual no podemos prescindir de las obras en el trato con nuestros prójimos; aunque dichas obras en nada contribuyen a nuestra justificación y salvación. La vida cristiana consiste en realizar buenas obras con intención libre y las miras puestas sólo en servir y ser útil a los demás, sin pensar en otra cosa que en las necesidades de aquellos a quienes servimos. Este modo de obrar para con los demás es la verdadera vida del cristiano, y la fe actuará con amor y gozo; una vida en la que todas las obras atienden al bien del prójimo, ya que cada cual posee con su fe todo cuanto para sí mismo precisa y aún le sobran obras y vida suficientes para servir al prójimo con amor desinteresado.

 

4. Solo Gracia

Dios nos ama incondicionalmente y nos acepta como sus hijos e hijas, perdonándonos sólo por misericordia y gracia, por medio de la muerte vicaria de Jesucristo en la cruz. Gracias a que Jesús murió por nosotros y resucitó, todos los que creemos en Él como nuestro Salvador podremos resucitar también junto con Él y así, vivir la vida eterna en la paz y comunión con Dios. Éste es un regalo que, a menudo, nos cuesta comprender y aceptar, precisamente por ser gratuito. Los luteranos somos muy claros en decir que ¡no hemos hecho nada para merecerlo! Sino es pura bondad de Dios quien en su infinito amor nos ha dado vida en la muerte de su propio Hijo: «Porque tanto amó Dios al mundo, que dio a su único Hijo, para que todo el que cree en Él no se pierda, sino que tenga Vida Eterna. Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para salvarlo por medio de Él» (Juan 3:16-17). Es precisamente la gracia de Dios, la que nos hace ser cristianos y nos fortalece para que vivamos con una fe viva y dinámica en el mundo que nos rodea: «Porque la gracia de Dios, que es fuente de salvación para todos los hombres, se ha manifestado. Ella nos enseña a rechazar la impiedad y los deseos mundanos, para vivir en la vida presente con sobriedad, justicia y piedad, mientras aguardamos la feliz esperanza y la manifestación de la gloria de nuestro gran Dios y Salvador, Cristo Jesús. Él se entregó por nosotros, a fin de librarnos de toda maldad, purificarnos y crear para sí un Pueblo elegido y lleno de celo en la práctica del bien» (Tito 2:11-14).

Lutero basó en gran parte su teología en el pensamiento del Apóstol Pablo. Éste resume en pocas palabras el dilema entre el ser humano, el pecado y la fe en Dios: el Evangelio anuncia y hace presente la obra que Dios ha realizado en Jesucristo para la salvación del mundo (Romanos 1:16-17). Pero con el fin de poner de manifiesto la absoluta imposibilidad del ser humano para acercarse a Dios por sus propias fuerzas y méritos, él traza un cuadro absolutamente realista de la humanidad, sometida a la esclavitud del pecado, es decir, que tendemos siempre al mal, aunque no nos demos cuenta. En la práctica sólo hay que hacer un breve análisis de cuántos pensamientos buenos y cuántos malos hemos tenido durante el día, y nos daremos cuenta que siempre hay egoísmo y tentación en nosotros. De aquí que nos damos cuenta que necesitamos de Dios, de su luz, de su paz y de su camino para buscar y vivir la alegría en nuestras vidas. Fuera de Cristo, la humanidad entera se enfrenta a un callejón sin salida en cuanto nadie es justo por sí mismo delante Dios: «Todos han pecado y están privados de la gloria de Dios» (Romanos 3:23). Una vez que nos damos cuenta e internalizados esta realidad (= contrición), comprendemos que sólo a través de la gracia de Dios podemos evitar caer en tentaciones y conseguir el perdón, el cual no merecemos ni nos hemos ganado, ya que pase lo que pase, seguiremos pecando, aunque ahora desde la fe, buscando ser mejor cristiano cada día. Para esto Dios nos ofrece a Jesucristo «el cual fue entregado por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación» (Romanos 4:25).

Sólo podemos llegar a ser «justos» aceptando la promesa de salvación y Vida Eterna que Dios nos ofrece gratuitamente por medio de Cristo. El que se une a Cristo por la fe se «reviste» de Él (Gálatas 3:27), es renovado interiormente por el don del Espíritu y alcanza la libertad de los hijos de Dios. Si somos hijos de Dios, ya no somos esclavos del pecado, aunque seguimos siendo pecadores en esencia: Simul justus et peccator (al mismo tiempo justos y pecadores) es el gran verso de la Reforma Protestante del siglo XVI, que nos da luz para comprender que a los ojos de Dios somos tanto justos (por la fe) como pecadores (por esencia), y que así nos conoce y nos ama; tal cual somos. Es desde esta realidad que Dios nos llama para recibir su fe, su perdón y una nueva vida con sentido y dirección. Ahora, por la fe en Cristo muerto y resucitado, Dios justifica al pecador, lo libera del pecado y lo reconcilia con Él: «Pero la prueba de que Dios nos ama es que Cristo murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores. Y ahora que estamos justificados por su sangre, con mayor razón seremos librados por Él de la ira de Dios. Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más ahora que estamos reconciliados, seremos salvados por su vida» (Romanos 5:8-10).

La justicia de Dios recibida por la fe es un don gratuito, del que nadie puede enorgullecerse, y marca el comienzo de una nueva vida, fundada en la gracia de Dios. «Porque todos ustedes son hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús, ya que todos ustedes, que fueron bautizados en Cristo, han sido revestidos de Cristo» (Gálatas 3:26). Una vez que hemos sido justificados por la fe (= hechos justos a los ojos de Dios a pesar de nuestros pecados), debemos considerarnos «muertos al pecado y vivos para Dios» (Romanos 6:11), y obrar en conformidad con la nueva Ley, la Ley del Espíritu que da la vida, nos guía y nos hace sentir la presencia de Dios en nuestra experiencia de fe (Romanos 8:1-12). En consecuencia, las «obras» no son la «causa» de la justificación, sino el «fruto» de la misma. “Pero Dios, que es rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, precisamente cuando estábamos muertos a causa de nuestros pecados, nos hizo revivir con Cristo -¡ustedes han sido salvados gratuitamente!- Así, Dios ha querido demostrar a los tiempos futuros la inmensa riqueza de su gracia por el amor que nos tiene en Cristo Jesús. Porque ustedes han sido salvados por su gracia, mediante la fe. Esto no proviene de ustedes, sino que es un don de Dios; y no es el resultado de las obras, para que nadie se gloríe.” (Efesios 2:4-8). He aquí la Ética Protestante que nos enseña a vivir en el mundo practicando los frutos de nuestra fe, ejerciendo de la mejor manera posible nuestra vocación y trabajo, de modo tal que en todo lo que hagamos, estemos ayudando a nuestros prójimos y alabando a Dios al mismo tiempo. Esta ética implícita en el quehacer cotidiano de los luteranos es la razón por la cual los países más prósperos del mundo, y en los que se vive mayor libertad, son los países con tradición protestante (Alemania, Suecia, Canadá, EE.UU., Noruega, Dinamarca, Suiza, etc.).

 

La Libertad Cristiana (1520)

No se puede entender el pensamiento luterano sin hablar de La Libertad Cristiana. Éste es uno de los escritos más importantes de Lutero y el texto fundante de la confesionalidad luterana y del protestantismo del siglo XVI en adelante. Así buscamos vivir la fe en libertad:

A fin de que conozcamos a fondo lo que es el cristiano y sepamos en qué consiste la libertad que para él adquirió Cristo y de la cual le ha hecho donación –como tantas veces repite el apóstol Pablo– quisiera apuntar estas dos afirmaciones:

  • El cristiano es libre y señor de todas las cosas y no está sometido a nadie.
  • El cristiano es servidor de todas las cosas y está sometido a todos.

Ambas afirmaciones se encuentran claramente expuestas en las epístolas de San Pablo: “Por lo cual, siendo libre de todos, me he hecho siervo de todos” (1 Co 9:19). Asimismo: “No debáis a nadie nada, sino el amarse unos a otros” (Ro 13:8.).

Lo único que en el cielo y en la tierra da vida al alma, por lo que es justa, libre y cristiana, es el santo Evangelio, Palabra de Dios predicada por Cristo. Así lo afirma Él mismo: «Yo soy la vida y la resurrección; quien cree en mí vivirá para siempre» (Jn11:25) y «Yo soy el camino, la verdad y la vida» (Jn 14:6).

Si bien el cristiano es libre, debe hacerse con gusto servidor, a fin de ayudar a su prójimo, tratándolo y obrando con él como Dios ha hecho con cada uno de nosotros por medio de Jesucristo. El verdadero cristiano lo hará todo sin esperar recompensa, sino únicamente por cumplir con la Voluntad de Dios; ahí está su alegría y su paz interior. Así como el prójimo padece necesidad y ha de necesitar aquello que a nosotros nos sobra, así padecíamos nosotros mismos también gran necesidad ante Dios quien nos regaló su gracia, su perdón y su salvación por medio de la fe en nuestros corazones. Por consiguiente, si Dios nos ha socorrido gratuitamente por Cristo, tenemos la misión de auxiliar nosotros también al prójimo con todas las obras y servicio que hagamos. No podemos más que alabar y dar gracias a Dios por este infinito amor y bondad para con toda su Creación, pero al mismo tiempo debemos estar siempre prevenidos de no proponernos alcanzar la justicia y la salvación con dichas obras, porque justicia y salvación sólo son posibles por la fe en Cristo. Si hacemos esto entonces somos verdaderos cristianos. Así pondremos nuestra fe y justicia en servicio y favor del prójimo delante de Dios, a fin de cubrir así sus pecados y tomarlos sobre nosotros como si fueran nuestros, como Cristo lo ha hecho con nosotros mismos.

De aquí que los luteranos definimos nuestro ser como un vivir la fe en libertad, es decir, que en la fe nos sentimos libres para amar, para entregarnos a Dios y al mundo, pero siguiendo su Voluntad por sobre la nuestra. Nuestra fe está por sobre las estructuras de la Iglesia y de los hombres, y nuestra primera y última fidelidad es y será siempre hacia Dios. Es por esto que la Iglesia Luterana se presenta como una iglesia horizontal y no jerárquica, dedicada a la  adoración a Dios, el estudio crítico de la Biblia, el servicio Cristiano y la vida en Comunidad.