Los Credos de la Iglesia

Los Cristianos confesamos nuestra fe con los 3 Credos Ecuménicos de la Iglesia:

  • Credo Niceno

  • Credo Apostólico

  • Credo Atanasiano

Estos Credos se reconocen como importantes testimonios y correcta interpretación de las Sagradas Escrituras. La oración por excelencia es el Padre Nuestro, que el mismo Jesucristo nos enseñó (Mateo 6:9-13).

Gracias a esto, sabemos no hay otro medio para conocer y recibir a Dios fuera de Jesucristo, por lo cual nuestra oración y súplica sólo puede estar dirigida a Él, como único mediador entre Dios y la humanidad, que dio su vida por nosotros y logró abrir el camino de la resurrección por la fe. De este modo, nuestra oración sólo puede estar mediada por Dios mismo, manifestado como Padre, Hijo y Espíritu Santo. Ni los santos, ni la virgen María, ni nadie puede interceder por nosotros ante Dios, ya que es Dios mismo quien en su Santa Trinidad, nos dirige, consuela y vivifica mediante el regalo de la fe.

 

Los CREDOS de la IGLESIA

La Iglesia Luterana, como parte de la única Iglesia de Jesucristo, comparte con la mayoría de la Cristiandad histórica y tradicional los tres Credos Ecuménicos (= “Ecuménicos” en cuanto representan a la comunión de todo el Cristianismo). El Credo Niceno, del año 325 (y corregido en 381 en Constantinopla), el Credo Atanasiano (ca. siglo V) y el Credo Apostólico (ca. siglo VI). Cuando los cristianos confiesan uno de estos Credos, afirman lo que tienen en común: están bautizados en esta fe y se reúnen en el nombre de Dios para ser fortalecidos en la fe. Los Credos nacen de la necesidad de la Iglesia antigua por contar con un fundamento claro en cuanto a los valores y creencias incuestionables de la fe cristiana, así como también, de la búsqueda de unificación de las doctrinas y dogmas de fe (p. ej. la Trinidad, la doble naturaleza de Cristo, etc.). Ante las arremetidas de diferentes movimientos no-cristianos, como los arrianos, docetistas y gnósticos*, los obispos de la época se reunían durante largo tiempo hasta encontrar la solución a las diferentes y problemáticas que acontecían a la Iglesia y a su vida en común. Esta solución era representada mediante un Credo, el cual explicaba lo que era correcto creer y lo que no, algo imprescindible para que la Iglesia pudiera crecer sin divisiones ni corrupción ante interpretaciones erróneas de la Biblia. Vale destacar que los Credos no son extractos de la Biblia, sino tratados teológicos que intentan resumir la doctrina y el mensaje que hay en ella, mencionando las creencias básicas que nos unen a todos los cristianos. De aquí que el Credo, ante todo, es Trinitario; intenta explicar la Trinidad que es Dios, uno solo, Padre, Hijo y Espíritu Santo, por toda la eternidad. Desde el conocimiento de Dios Trino es que confesamos la resurrección y la doble naturaleza de Jesús (divino-humano), el milagro de concepción virginal en María, la Comunión de los Santos, el Perdón de los Pecados, la Resurrección y Vida Eterna, etc. Cuando nosotros, los creyentes, confesamos nuestra fe a través del Credo, reafirmamos todos juntos lo que sabemos sobre Dios y nos unimos como una sola Iglesia Cristiana o Universal (= Católica) inspirada por el Espíritu Santo. Cuando decimos el Credo no estamos orando, sino que estamos confesando, es decir, dando testimonio vivo de nuestra fe de una manera sencilla y resumida.

Usualmente en los cultos utilizamos el Credo Apostólico, ya que es el más resumido de los tres y nos presenta una doctrina trinitaria bastante explícita, pero en las fiestas de la Iglesia se debería utilizar el Credo Niceno, que es el primero y fundamento de los otros. Con el Credo, primero reconocemos que Dios Padre hizo todo lo que existe en la tierra y en el universo, y que éstas son muestras de su infinito poder y su amor por la humanidad. Luego reconocemos a su Hijo Jesucristo que es Dios y ser humano, el Hijo de Dios, que vino a la tierra para acercarnos a Dios, pero terminó siendo crucificado pagando por nuestros pecados. A pesar de haber muerto, haber sido sepultado y haber sentido la lejanía de Dios (=infierno), fue levantado de entre los muertos y subió al cielo dando paso a la resurrección de los muertos; la mayor esperanza cristiana de una vida en completa comunión con Dios a través la fe. Él vendrá de nuevo a juzgar a todos, vivos y muertos, para llevarnos con Él hacia la Vida Eterna. Finalmente, confesamos que el Espíritu Santo también es Dios y actúa en el mundo inspirando y fortaleciendo en la fe a los seres humanos. A través del Espíritu Santo es que recibimos la fe y manteniéndonos en la Santa Iglesia Cristiana y la Comunión de los Santos (= de los bautizados). Por la fe que el Espíritu otorga y por la presencia de Dios que nos entrega en el Bautismo y en la Santa Cena, esperamos ser levantados de entre los muertos en el día de Jesucristo para vivir eternamente en comunión plena con Dios.

 

Credo Niceno (325-381)

Creemos en un solo Dios, Padre todopoderoso, creador de cielo y tierra, de todo lo visible y lo invisible.

Y en un solo Señor Jesucristo, el unigénito Hijo de Dios, engendrado por el Padre antes de todos los tiempos, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado no creado, por el que todo fue hecho, que por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó de los cielos y se encarnó por el Espíritu Santo y María la Virgen y se hizo hombre, y por nosotros fue crucificado por sentencia de Poncio Pilato, y padeció y fue sepultado, resucitó al tercer día, según las Escrituras, y subió a los cielos, y está sentado a la derecha del Padre y volverá con gloria a juzgar a los vivos y a los muertos, y su reino no tendrá fin.

Y en el Espíritu Santo, el Señor y dador de vida, que procede del Padre, que con el Padre y el Hijo es adorado y glorificado, que habló por los profetas. Y en una sola Iglesia santa, católica y apostólica. Profesamos un solo bautismo para el perdón de los pecados. Esperamos la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro. Amén.

 

Credo de los Apóstoles (s. VI)

Creo en Dios Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra.

Y en Jesucristo su único Hijo, nuestro Señor, que fue concebido por obra del Espíritu Santo, nació de María Virgen, padeció bajo Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos, resucitó al tercer día de entre los muertos, subió a los cielos, está sentado a la derecha de Dios Padre todopoderoso, desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos.

Creo en el Espíritu Santo, la santa Iglesia Católica, la comunión de los santos, el perdón de los pecados, la resurrección de la carne y la vida eterna. Amén.

 

El Credo de Atanasio (s. V)

Todo el que quiera salvarse, ante todo es menester que mantenga la fe católica; y el que no la guardare íntegra e inviolada, sin duda perecerá para siempre.

Ahora bien, la fe católica es que veneremos a un solo Dios en la Trinidad, y a la Trinidad en la unidad; sin confundir las personas ni separar las sustancias. Porque una es la persona del Padre, otra la del Hijo y otra (también) la del Espíritu Santo; pero el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo tienen una sola divinidad, gloria igual y coeterna majestad. Cual el Padre, tal el Hijo, tal (también) el Espíritu Santo; increado el Padre, increado el Hijo, increado (también) el Espíritu Santo; inmenso el Padre, inmenso el Hijo, inmenso (también) el Espíritu Santo; eterno el Padre, eterno el Hijo, eterno (también) el Espíritu Santo. Y, sin embargo, no son tres eternos, sino un solo eterno, como no son tres increados ni tres inmensos, sino un solo increado y un solo inmenso. Igualmente, omnipotente el Padre, omnipotente el Hijo, omnipotente (también) el Espíritu Santo; y, sin embargo no son tres omnipotentes, sino un solo omnipotente. Así Dios es el Padre, Dios es el Hijo, Dios es (también) el Espíritu Santo; y, sin embargo, no son tres señores, sino un solo Señor; porque así como por la cristiana verdad somos compelidos a confesar como Dios y Señor a cada persona en particular; así la religión católica nos prohíbe decir tres dioses y señores. El Padre, por nadie fue hecho no creado ni engendrado. El Hijo fue solo por el Padre, no hecho ni creado, sino engendrado. El Espíritu Santo, del Padre y del Hijo, no fue hecho ni creado ni engendrado, sino que procede.

Hay, consiguientemente, un solo Padre, no tres padres; un solo Hijo, no tres Hijos; un solo Espíritu Santo, no tres espíritus santos; y en esta Trinidad, nada es antes ni después, nada mayor o menor, sino que las tres personas son entre sí coeternas y coiguales, de suerte que, como antes se ha dicho, en todo hay que venerar lo mismo la unidad en la Trinidad que la Trinidad en la unidad. El que quiera, pues, salvarse, así ha de sentir de la Trinidad.

Pero es necesario para la eterna salvación creer también fielmente en la encarnación de nuestro Señor Jesucristo. Es, pues, la fe recta que creemos y confesamos que nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios, es Dios y hombre. Es Dios engendrado de la sustancia del Padre antes de los siglos, y es hombre nacido de la madre en el siglo 1, perfecto Dios, perfecto hombre, subsistente de alma racional y de carne humana, igual al Padre según la divinidad, menor que el Padre según la humanidad. Más aun cuando sea Dios y hombre, no son dos, sino un solo Cristo, y uno solo no por la conversión de la divinidad en la carne, sino por la asunción de la humanidad en Dios; uno absolutamente, no por confusión de la sustancia, sino por la unidad de la persona. Porque a la manera que el alma racional y la carne es un solo hombre; así Dios y el hombre son un solo Cristo. El cual padeció por nuestra salvación, descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos, subió a los cielos, está sentado a la diestra de Dios Padre omnipotente, desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos, y a su venida todos los hombres han de resucitar con sus cuerpos y dar cuenta de sus propios actos, y los que obraron bien, irán a la vida eterna; los que mal, al fuego eterno. Ésta es la fe católica y el que no la creyere fiel y firmemente, no podrá salvarse.

 

 


* Los Arrianos fueron un movimiento liderado por un obispo llamado Arrio que sostenía que Jesús no podía ser Dios, sino que sólo era hombre. El arrianismo fue condenado como herejía por el Concilio de Nicea (325).

Los Docetistas eran aquellos que sostenían que Jesús sólo “parecía” hombre (gr. dokeo: “parecer”) y que no había sufrido la crucifixión, ya que su cuerpo sólo era aparente y no real. La doctrina docética, enraizada también en el dualismo gnóstico, dividía tajantemente los conceptos de cuerpo y espíritu, atribuyendo todo lo temporal, ilusorio y corrupto al primero y todo lo eterno, real y perfecto al segundo; de ahí que sostuviera que el cuerpo de Cristo fue tan sólo una ilusión y que, de igual modo, su crucifixión existió más que como mera apariencia.

Los Gnósticos fueron el movimiento herético más poderoso y que hizo temblar las bases de la Iglesia durante los tres primeros siglos del Cristianismo, convirtiéndose finalmente en un pensamiento declarado herético después de una etapa de cierto prestigio entre los intelectuales cristianos. Se trata de una doctrina, según la cual los iniciados no se salvan por la fe en el perdón gracias al sacrificio de Cristo sino que se salvan mediante la gnosis, o conocimiento introspectivo de lo divino, que consideraban era un conocimiento superior a la fe. Ni la sola fe ni la muerte de Cristo bastan para salvarse. El ser humano es considerado autónomo para salvarse a sí mismo. El gnosticismo es una mística secreta de la salvación. Se mezclan sincréticamente creencias orientalistas e ideas de la filosofía platónica. Es una creencia dualista: el bien frente al mal, el espíritu frente a la materia, el ser supremo frente al Demiurgo, el alma frente al cuerpo.